sábado, 9 de julio de 2016

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El diario del Congreso de Tucumán revive para festejar los dos siglos de la libertad

LA GACETA reedita el suplemento especial que concibieron Ventura Murga y Carlos Páez de la Torre (h) con motivo del Sesquicentenario

EL DIARIO DEL CONGRESO. Esta edición llegará a los lectores mañana. LA GACETA


Todo trabajo periodístico está sujeto a la ley de la fugacidad, a menos que la historia disponga lo contrario. Y las cinco décadas transcurridas desde 1966, cuando LA GACETA publicó el suplemento especial del Sesquicentenario de la Declaración de la Independencia, no hicieron más que jerarquizar los méritos de esta obra cuya singularidad permanece intacta. Se trata, ni más ni menos, que de un diario posible sobre los hechos del 9 de Julio de 1816, donde las vicisitudes de la emancipación están contadas como si hubiesen ocurrido este sábado ante los sentidos de cronistas presentes en la deliberación de la Casa Histórica.

El reloj de la nación sigue corriendo, pero ayer ese mismo reloj imaginario marcó 200 años y, simultáneamente, volvió a cero. A la conciencia del valor de este instante efímero obedece la decisión de reeditar el suplemento especial. Anima ese afán la intención de extender sus beneficios hacia los lectores de 2016. La nueva impresión de las páginas del Sesquicentenario conserva el contenido del ya legendario proyecto original: sólo ha cambiado la diagramación de la producción. Una presentación moderna ajustada a los estándares de diseño y legibilidad contemporáneos potencia y actualiza la labor desarrollada en 1966 por dos periodistas-historiadores de la casa, Ventura Murga y Carlos Páez de la Torre (h). La edición de hoy incluye una colección de artículos destacados en “Pasado Mañana”, la revista añadida al diario con motivo del Bicentenario. Mañana los lectores accederán a la reedición íntegra de la obra conmemorativa de los 150 años de la Declaración de la Independencia con el formato de un suplemento de 18 páginas.

Estar ahí sin estar ahí

El rescate de la creación de Ventura Murga y de Páez de la Torre supone una forma de homenajear a quienes, contra todos los riesgos, se inclinaron por la independencia. Este bien cultural fue distinguido por la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa). En 1967, sus autores recibieron el premio “Siam-Di Tella-Círculo de la Prensa”. En virtud de la técnica de reproducción empleada oportunamente, el suplemento original había quedado como un ejemplar de colección y, por lo tanto, fuera del alcance del gran público. Una tarea de transcripción y de recuperación de los materiales ha posibilitado la “restauración” o renovación total del proyecto.

Esa primera versión sobre el Congreso de las Provincias Unidas fabricada a cuatro manos en un plazo de un mes causó sensación allá por su publicación. Incrementado por las escrituras y lecturas del destino, el brillo transformó al emprendimiento en una de las joyas del archivo. El suplemento publicado el 10 de julio de 1966 impacta con su rigurosidad no desmentida por los nuevos hallazgos historiográficos acaecidos en el último medio siglo. Murga y Páez de la Torre salvaron la dificultad de no haber estado ahí, en la propia cocina de la Declaración de la Independencia, con una investigación exhaustiva de los documentos y testimonios que describen las circunstancias del momento.

Con creatividad e ingenio, las fuentes fueron adaptadas a los requerimientos periodísticos del siglo XX, demandas que, con ligeras variantes –entre ellas, la exacerbación de la inmediatez-, perduran hasta el presente. Ello permitió “entrevistar” a cuatro personajes centrales para la comprensión de los sucesos del período 1810-1816: el general Manuel Belgrano, el caudillo oriental José Gervasio Artigas, el ex emperador exiliado Napoleón Bonaparte y fray Cayetano Rodríguez, congresal encargado de contar las noticias de las sesiones en “El Redactor del Congreso”. Las declaraciones atribuidas a los entrevistados así como los demás datos alusivos a los lugares y detalles de las supuestas conversaciones (la isla de Santa Elena en el caso del militar derrotado en Waterloo o el campamento de Purificación en la nota con el revolucionario montevideano) guardan correspondencia estricta con las biografías e intercambios epistolares de los respectivos entrevistados.

La tecnología del collage

Detalles mínimos como la descripción de la vestimenta de Artigas se suman y entrelazan para componer una pintura panorámica compleja de 1816. El foco, como siempre, es una información que abre y cierra ventanas mentales y estéticas en una “pantalla de papel” previa a cualquier atisbo de internet. La política local, nacional e internacional; la sociedad y la economía de hace dos siglos se asoman a partir de las secciones clásicas del diario. Espacios de opinión que recrean las tensiones y amenazas; un editorial que eriza la piel; noticias policiales sobre crímenes verdaderos; el inventario de los acontecimientos sociales y la miscelánea de los textos breves: un caudal de ideas que, en suma, revive las instancias decisivas de Julio del 16.

La edición fotográfica del suplemento del Sesquicentenario atrapa por su astucia y resolución. Como en 1966 no existían las innumerables herramientas tecnológicas que en este tiempo posibilitan manipular e intervenir ilimitadamente las imágenes, los retratos y paisajes fueron fabricados de manera artesanal. Detrás de cada ilustración hay un collage armado con figuras recortadas y retocadas a punta de pincel.

El misterio develado

La delicadeza de las labores manuales e intelectuales aplicadas a la confección de la edición especial confieren orden, concierto y comprensión fácil a una realidad fragmentada, que la historiografía nunca acabará de analizar y escrutar. Eso que se predica acerca de 1816 vale para 1966: Murga y Páez de la Torre concibieron su criatura al calor de un clima institucional convulsionado por el derrocamiento del presidente constitucional Arturo Illia. El golpe a la democracia asestado por Juan Carlos Onganía y sus acólitos agrietaban la celebración de los 150 años de la Declaración de la Independencia. “Nadie sabía qué era o qué implicaba la Revolución Argentina. Eso estropeó totalmente el ambiente”, recuerda Páez de la Torre en una plática reciente. La provincia develará la parte más amarga de ese misterio a continuación de la ceremonia del 9 de Julio, cuando Onganía decrete el cierre de los ingenios.

Corazonada de juventud

La historia del suplemento que cuenta la historia del Congreso de las Provincias Unidas empezó con una idea de Murga, prestigioso genealogista nacido en 1929. El abogado veinteañero Páez de la Torre había ingresado al diario hacía cuatro años, y recién empezaba a desenvolver su interés por investigar el pasado tucumano y divulgarlo. Las pasiones de uno y de otro, amalgamadas por una formación cultural admirable, desembocaron en el rastreo de datos en todos los registros disponibles. Fue una investigación a la usanza antigua: muchas horas de biblioteca robadas al ocio, al descanso y a los afectos. Había que averiguar qué pasaba en Europa durante esos días a partir de cronologías perdidas en Filosofía y Letras. Mientras Páez de la Torre reconstruía el ocaso de Bonaparte, Murga revisaba las partidas de nacimiento con el fin de encontrar a los tucumanos anotados en la época.

En el medio sucedieron hechos dramáticos. A la irrupción de Onganía materializada el 28 de junio de 1966 hay que añadir que, durante la noche crítica del cierre del suplemento, murió el padre de Murga. “Estábamos corrigiendo las pruebas cuando le avisaron. Él se fue a su casa y a las pocas horas volvió a la Redacción para seguir escribiendo. Se veía que le dolía”, evoca Páez de la Torre.

De contratiempos y esfuerzos están hechos los hitos. El suplemento estableció una marca en la trayectoria centenaria de LA GACETA y en las carreras de sus artífices. Murga, que entonces era jefe de Noticias, alcanzó la condición de secretario general de la Redacción, cargo con el que se jubiló a mediados de los años 90. Páez de la Torre estrechó sus lazos incipientes con la historia de Tucumán hasta transformarse en uno de sus divulgadores de cabecera, “oficio” que ejerce hasta el presente mediante la publicación diaria de una nota en “Apenas ayer” -sección que mantiene desde 1993- y de un artículo dominical en el espacio titulado “De memoria”. Ambos son figuras eruditas y referencias en sus áreas de incumbencia: instituciones de máximo prestigio reconocieron sus contribuciones al conocimiento histórico.

Los logros posteriores confirman los aciertos de este trabajo de la juventud. Hasta entonces a nadie se le había ocurrido escribir el diario hipotético de un Congreso del que -valga la ironía- sólo se preservan las actas secretas: las demás terminaron por perderse, incluso la declaración original redactada el 9 de Julio. Estos extravíos impiden extraer conclusiones acabadas sobre la relación de fuerzas existente entre los congresales: se percibe que los porteños eran influyentes y que los cordobeses estaban tironeados por la gravitación de Artigas. Los diputados tucumanos, para variar, combatían entre ellos como consecuencia de una elección polémica. “Recorría ya por el territorio la oleada de autonomismo que iba a estallar después”, reflexiona Páez de la Torre. Había un fermento de revolución descontrolada que, pese a las intenciones de unidad de los representantes reunidos en 1816, recién sería extirpado casi cuatro décadas más tarde. Tales gérmenes de inseguridad, de precariedad y de construcción endeble, pero construcción al fin, sobrevuelan las páginas del diario que LA GACETA concibió para revivir el Congreso de Tucumán. La recuperación de ese trabajo con motivo del Bicentenario de la Independencia es, también, una forma de celebrar al periodismo que se esfuerza por captar las esencias latentes en escenas que van y vienen, un empeño que lo redime con elegancia de la ley de la fugacidad.



Fuente: La Gaceta


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